Mostrando entradas con la etiqueta cine español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine español. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de julio de 2011

Nuestro paseo de las estrellas


Desde el pasado mes de junio, Madrid tiene su calle de las estrellas cinematográficas españolas. Las estrellas se han puesto en la céntrica calle de Martín de los Heros, zona en la que se encuentran la mayoría de las salas en versión original de la ciudad. Para el estreno se han colocado 25 estrellas. Sin entrar a valorar demasiado esta iniciativa, que conmemora el XXV Aniversario de la Academia de Cine, tan solo decir que la considero positiva.

Y aunque a nadie le interese, aquí dejo mi lista de los 25 nombres que creo imprescindibles si de abarcar la historia cinematográfica de este país se trata. No están por orden de preferencia (salvo el que encabeza la lista y con letras mayúsculas) sino tal y como me venían:
FERNANDO FERNÁN GÓMEZ, Pepe Sacristán, Pepe Isbert, Luís Buñuel, Paco Rabal, Luís García Berlanga, Imperio Argentina, Pedro Almodóvar, Segundo de Chomón, Rafael Gil, Alfredo Landa, Alfredo Mayo, Víctor Erice, Luís Cuadrado, Rafael Azcona, Pilar Miró, Javier Aguirresarobe, Amparo Rivelles, Sara Montiel, José Luís Alcaine, Marisol, Gil Parrondo, José F. Aguayo, Edgar Neville, José Luís López Vázquez.

Como sabemos todos, son más de 25 nombres los que han creado la historia cinematográfica de este país y que deberían tener su estrella para que nadie se olvide de ellos. Sé que habré olvidado a muchos, sobretodo a muchas, pero he hecho la lista de cabeza. Ahora miraré cuantas coinciden…

jueves, 13 de enero de 2011

Esta industria de aquí

Ahora que vienen los Goya aprovecho para publicar en este espacio un artículo escrito por Arturo Pérez-Reverte en el año 2003. Hace referencia a una campaña que hubo en ese año de apoyo al cine español, no sé si la recordarán. Por supuesto, comparto lo que comenta en el artículo Pérez-Reverte.

"Me han convencido, pardiez. Me refiero a los anuncios de apoyo al cine español que han puesto en la tele, choteándose del que se hace en los Estados Unidos. También a las declaraciones de ciertos productores cinematográficos –la industria, se llaman a sí mismos- afirmando que hay que educar a los espectadores, que nuestro cine es mejor, y que parece mentira que, con los pedazo de películas que hacemos aquí, la estúpida chusma no acuda en masa a la taquilla, y en cambio se infle a canales digitales y deuvedés, o haga cola en los estrenos de Hollywood, hay que joderse, toda esa competencia desleal e inexplicable, incluidos los moros y los negros manta, rediós, una conjuración de Venecia que te vas de vareta, oye, todos contra el buen y sólido cine español. Acogotadito lo tienen, a pesar de su calidad y su tronío. Y claro, dicen. El espectador, que es tonto del nabo, salvo en carambolas como Los lunes al sol o Mortadelo y Filemón, se deja engañar por estafadores tipo Peter Weir o Ridley Scout en vez de precipitarse a las butacas cuando estrenan Fulano o Mengano –disculpen que eluda nombres, pero insultar me da mucha risa, y toso-. La solución, naturalmente, es que el Estado y las televisiones suelten más subvenciones y más pasta. Todo cristo, ojo, menos los productores de cine. Porque es sabido que en España ningún productor importante arriesga un duro propio. Hasta ahí podíamos llegar. Una cosa es ser industria y pasar de paria a comprarte chalets en San Apapucio de la Infanta, y otra es ser gilipollas. No te fastidia.

Así que estoy con ellos, lo mismo que con algunos imprescindibles directores nuestros que sólo pueden oponer el noble argumento de su pata negra auténtica, española, a la brutal ofensiva del cutre cine norteamericano. Esos guiris son vulgares mercenarios que se limitan a contar una historia de forma eficaz, ajenos a los delicados matices artesanos del cine que hacemos aquí, al contenido filosófico, a la cultura, a nuestra hilarante capacidad para filmar comedias que envidiaría Billy Wilder. Sin contar con que Hollywood juega con sucia ventaja. Allí hay guionistas que escriben guiones, y actores que cuando dicen algo te lo crees, y hasta el niño de los Soprano, que no abre la boca, parece un actor. Y claro, así hace cine cualquiera. El mérito es hacer cine sin guión y sin actores, como lo hacemos aquí. Porque el cine de verdad se hace con un productor con cuartelillo en las teles y en el ministerio, con un director que –a ser posible- se la succione al Pepé, al PSOE o a quien mande, y con actores naturales como la vida misma, no maleados por las escuelas de interpretación, el teatro o la experiencia: gente que farfulla con la misma frescura y naturalidad que se utiliza en la puta calle, y a la que da lo mismo que te creas o no, porque lo que cuenta es que sepan decir: oye tía, paso de ti, con espontaneidad honesta.

También, volviendo a la industria, comprendo que ser productor de películas fascinantes e incomprendidas lleva sus gastos. La culpa la tienen el Estado y las televisiones, que llevan la tira financiando doscientas obras maestras cada año, y ahora se rajan. O sea, que te acostumbran a tirar con pólvora del rey, y de pronto llegan los aguafiestas locales y dicen: chaval, se acabó el rollo, o sea, ya no hay más viruta para que hagas arte y de paso te pagues las letras del yate y el estirado de pellejos de tu pava. Ya sé que todos los críticos –los de aquí- ponen tus películas de cinco estrellas para arriba. También sé que has producido la versión neohistóricaporno de Rosario la Cortijera dirigida por Vicente Aranda, el apasionante drama psicológico Pásame la sal, cariño, o la desternillante comedia Al sur del oro y el moro de Moscú, esta última nada menos que con Andrés Pajares. Sí. El cine español está en deuda contigo, colega. Una deuda que te cagas. Por eso te dimos once estatuillas y un beso de Paz Vega en la gala de los Goya. Pero la teta no da más leche. ¿Captas? Treinta y seis espectadores no justifican los seiscientos kilos que te endiñamos por cada una. Así que chao, Cecilbedemille.

Eso es lo que te dicen ahora. Y claro, te hunden el negocio. Perdón. La industria."


Pues eso.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Adiós Mr. Berlanga



Hoy me he despertado con la noticia de la muerte de Luís García Berlanga a los 89 años y no esperaba que mi reacción fuera sentir un escalofrío por todo mi cuerpo, ni tener la piel de gallina durante unos segundos. Mi reacción me ha sorprendido porque, aunque es verdad que he disfrutado y admirado las películas de este director, nunca llegué a considerarle uno de mis favoritos. Pero supongo que, de repente, me habrán venido a la cabeza imágenes de Bienvenido Mr. Marshall, Plácido, El Verdugo, La Escopeta Nacional o La Vaquilla, por hacer un rápido resumen de su filmografía, y habré sentido a la vez todo lo que disfruté viéndolas.

Recuerdo escuchar el nombre de Berlanga desde que tengo uso de razón. Berlanga es el mejor cronista cinematográfico de la realidad cotidiana. Inventó un género, un estilo único y característico basado en retratar las miserias, los sueños y las decepciones de la sociedad española, especialmente de la clase media. Todo lo hizo con ironía y cariño, al principio con el apoyo de Miguel Mihura, más adelante y para siempre, con Rafael Azcona. Berlanga es tan importante dentro de la historia de nuestro cine y de la cultura española en general, que incluso dejó huella en el lenguaje mismo. Dos palabras derivan de su apellido. Una, berlanguita, hace referencia a una pequeña grúa donde montar la cámara y a un operador, tan presente en sus rodajes que adquirió su nombre. Y dos, berlanguiano/a, que ha trascendido el uso cinematográfico para incorporarse al vocabulario de cualquier persona que quiera describir situaciones esperpénticas y caóticas, en un entorno coral en el que los personajes se ponen en evidencia. Es decir, un retrato fiel de la vida de este país que supo ver en la realidad y llevar a su cine con una maestría equivalente a la que tuvieron Quevedo o Valle Inclán con las letras para diseccionar la personalidad del pueblo español, haciéndonos ver que no cambiamos por mucho que pasen los siglos.

El maestro Berlanga se ha ido de verdad. O no del todo, porque ya sabemos que la magia del cine incluye la inmortalidad. Desde aquí mi pequeño recuerdo a un director que ya era leyenda en vida. En su honor y como sentido homenaje, me voy inmediatamente a ver El Verdugo y La Escopeta Nacional, para volver a sonreir en cada secuencia y cuando escuche de nuevo el imperio austrohúngaro. Descanse en paz, señor Berlanga.

jueves, 21 de octubre de 2010

Poco cine y mucho morro

Artículo publicado por Arturo Pérez-Reverte en el año 2003. Siete años después considero que sigue describiendo la situación actual. Ni que decir tiene que comparto lo que dice palabra por palabra.

"Pues claro que el cine español ha perdido espectadores. Y más que va a perder, antes de que la última película se titule Cerrado por defunción. Hay menos rodajes, menos inversiones y menos ventas. Los de la industria nacional –digo industria por llamarla de algún modo— se quejan de que el celuloide se va al carajo, y de que las productoras norteamericanas se nos comen. Es verdad. Los gringos controlan televisiones y salas de cine; y, aparte de imponer modelos ideológicos y culturales, asfixian el cine europeo y español, hasta el punto de que los exhibidores se bajan los calzones y encima pagan el cafelito. Por eso la cinematografía hispana reclama medidas urgentes. Y yo me sumo. Pero la risa locuela me viene cuando oigo que esas medidas permitirían “competir en igualdad de condiciones con el cine estadounidense”, y cuando productores y directores culpan a las televisiones de no invertir más en sus apasionantes proyectos cinematográficos.

Menudo morro, el de mis primos. Sobre todo el de algún productor que conozco. Hay nobilísimas excepciones, por supuesto. Muchas. Gente que se rompe los cuernos para sacar adelante proyectos dignos, y a veces lo consigue. Pero otros tienen un hocico que lo arrastran. El cine se muere, dicen quienes ayer aún voceaban eufóricos el gran momento del negocio. Ahora ya no hay viruta, lloran. Todos al paro, etcétera. Y los periodistas del ramo y algunos medios oficiales corean con palmas flamencas. Nada que objetar a eso. Pero lo que nadie dice es que algunos de esos productores que tanto sufren por la agonía del cine, a los que hace ocho o diez años conocimos tiesos como la mojama, se han hecho millonarios en poco tiempo gracias a esa industria que ahora agoniza. ¿El truco? Chupado. No se trata de hacer películas buenas, sino sólo de hacer películas. Lo mismo da que sean malas y baratas, aunque si son caras, mejor. También da igual que se estrenen o no, y que recauden filfa. No imaginan ustedes la cantidad de películas que en España se han rodado en los últimos años, y luego ni siquiera se estrenaron. Pero a pocos les importa, porque con el sistema de producción basado en financiación de televisiones y respaldo oficial, casi nadie puso en ellas un duro propio. Una película significa beneficio industrial para el productor espabilado que maneja dinero fácil: a veces, con sólo rodarla ya gana dinero. Y cuánto más se ahorre en guión, en actores, en dirección artística, en semanas de rodaje, mejor. Si luego va bien en los cines, chachi. Si no, Santa Rita y la culpa a los espectadores, que Hollywood les come el tarro y no apoyan el cine nacional. Y ese sistema, conocido y amparado por todo cristo con la complicidad inevitable de quienes necesitan películas para trabajar, es el que funciona en el cine español. Así se explica que se ruede tanta caspa: unos cuantos listos extorsionando al Estado y a las televisiones para forrarse sin que nadie proteste ni lo denuncie, mientras la gente que se juega con dinero propio las habichuelas y el futuro se pega leñazos de muerte y tiene que hipotecar la casa.

Pero la culpa no es sólo de esa clase de productores que lloran por un cine que han matado ellos. Salvo honrosas y singularísimas excepciones, que el público agradece en taquilla, el perfil de película española media es la historia anodina de un fulano y/o fulana que se pasan hora y media diciendo obviedades entre planos larguísimos y gratuitos que aburren a las ovejas. Y encima pretenden que la gente pague por verlo. Eso, o la nonagésimoquinta plasta maniquea sobre la Guerra Civil, que no se cree nadie, nacionales malvados y republicanos bondadosos, con actores que no saben ni decir hola, en este país donde el guionista no existe o no le pagan, y donde cualquier tiñalpa de la tele se convierte, gracias a críticos de pesebre, en la revelación artística del año; mientras los pocos actores de verdad que van quedando tienen que buscarse la vida como pueden. Queremos cine como el francés, claman los de la presunta industria. Allí el público hace cola apoyando el suyo, mientras que el nuestro pasa mucho. Pero claro. Los gabachos además de trincar, hacen Nikita, El Gran Azul, Capitán Conan, Chocolat, Cyrano, La reina Margot, Los ríos de color púrpura, La cena de los idiotas, Doberman, Vidocq o El pacto de los lobos, con actores como Juliette Binoche, Cassel hijo, Isabelle Huppert, Depardieu, Rochefort, y Jean Reno. No te fastidia. Dale El puente sobre el río Kwai y toda la pasta del mundo a un productor de aquí. Que busque director y luego te haga un guión. Y un casting."